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miércoles, 31 de agosto de 2016

De santos, monjas, curas y otras yerbas




Si algo debo agradecer a las monjas del colegio donde estudié, es que fomentaron mi creatividad.
Desde el primer grado me contaron tantos cuentos de ficción, año tras año, que quedé atrapada en ellos. Les agradezco que hayan incentivado mi instinto literario.
Las clases de religión eran alucinantes: plenas de imágenes dolorosas, desgarrantes, morbosas, sádicas, milagrosas, in-en-ten-di-bles... "Y fulano, luego del castigo de dios a los hombres pecadores, pudo salvarse por su fe, refugiándose en una gran cueva donde habitó hasta su muerte, con sus dos hijas adolescentes, sultana y mengana con las que tuvo varios hijos"
¡Qué aburrido era rezar el rosario! pero, todo tiene sus pro y contra; con el rosario aprendí matemáticas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Ya que lo rezábamos entre varias, se me ocurrió que nadie se fijaría en mí si no lo hacía en voz alta con el automático puesto. Así fue, que, con cada cuenta del mismo, practicaba mis cálculos matemáticos, guiándome por el cambio de oración que hacían, comenzando una nueva serie... ¡Ahora que lo pienso: en esos tiempos comencé a interesarme por el Infinito, por eso ahora pinto la Cinta de Möbius y la Superficie de Klein!
Qué lindas eran las estampitas de santos y vírgenes, me gustaba tanto lo bien dibujadas y pintadas que comencé a copiarlas... obvio, lo mío era a mano con lápices de colores, no en imprenta, pero... aprendí a dibujar personas y comprender la combinación de colores cálidos y fríos.
Lo que nunca me funcionó, fue esa de pedirle y rezarles a las estampitas cuando me sentía mal o pedirles deseos para que se me cumplan... ¡Jamás me concedieron nada!
Había esculturas de santos en la iglesia del colegio, en la que íbamos a misa todos los días... no podía concentrarme en la misa, los ojos se me iban a las esculturas, me preguntaba cómo las hacían y qué pinturas usaban ¡Eran tan perfectas!
Lo que más me aburría, era que todos los días debía confesarme porque era pecadora; cuando el cura me preguntaba en qué me había portado mal no sabía que contestarle... mi respuesta clásica de niña era: me compré caramelos con parte del vuelto del mandado y no se lo dije a mi mamá... ¡Zas, al toque nomás me mandaba como castigo rezar unas diez oraciones de penitencia que me creaban unas culpas insoportables! Hasta que me cansé y en cada mandado que hacía me compraba caramelos con el vuelto y se lo decía a mi mamá, esperando el castigo del mal acto, pero ella nunca me castigó por eso, ni siquiera me retaba, lo consideraba normal que lo hiciera y a veces me pedía que la convide.
Así, que, a los curas les agradezco el haberme enseñado a ser pensadora libre.



Elsa Gillari
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