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domingo, 1 de febrero de 2015

Un barrio de tantos




Era un barrio singular de características que le daba una idiosincrasia que aún conserva… con mayoría de inmigrantes europeos que construían ellos mismos sus casas y algunos negocios de variados ramos en la calle principal, acunando un proyecto de crecimiento a centro comercial.
Se podría decir un barrio joven donde la mayoría de la gente no amaba a los árboles ya que pocos eran los que se veían. De casas bajas, sin edificios, ubicado en la periferia que en un principio fue campo,  con una estancia de dos plantas y estilo inglés perteneciente a adinerados de la elite que lotearon sus campos para la construcción del pueblo. Los fundadores se ocuparon de tener el ferrocarril y la vieja estancia pasó a ser su estación de tren que aún se conserva; éste trasladaba a los habitantes hasta la capital. Escasos autos circulaban; el pueblo fue creciendo conformado por barrios, de esos tranquilos que los habitantes salían sin temor alguno. Una línea de ómnibus los unía a todos en cortos trayectos, siguiendo la ruta de la calle principal de tierra que en días lluviosos se encajaba en el barro.
La calle principal nacía en la estación de tren, extendiéndose hasta el pueblo vecino; fue la primera en asfaltarse para felicidad del pueblo que a poco iba perdiendo su aroma campestre y crecía como urbe.
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Teresita era una mujer de mediana estatura, regordeta, cabello corto ondulado con canas y de un andar rápido de pasos cortos. Teresita salía de su casa modesta en la que vivía con sus ancianos padres sobre la calle principal. Salía por las tardes a caminar siempre a la misma hora, recorriendo unas pocas cuadras. Los niños la llamaban “Teresita, la loca” y se sumaban a su paso acompañándola en un divertido e imaginario juego. Teresita caminaba y hablaba sola en voz alta como si conversara con alguien, acompañándose con gestos de manos que algunas veces parecía que jugaba a “don pirulero”. Los niños la imitaban en sus gestos, se reían y cuando le hacían preguntas Teresita no respondía y seguía conversando con sus interlocutores invisibles. Ella se veía feliz rodeada de niños que parecían mariposas en su mundo fantástico, ausente al que nadie tenía acceso. Los niños eran como duendes caminando, saltando de alegría y cantándole a su amiga que sabían que no los ignoraba como a los adultos… “unidos en un pacto mágico” Teresita y los niños interrumpían la siesta con algarabía en la calle principal.
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Sofía era una joven de baja estatura, cabellos rojizo de lacio despeinado y  mal cortado por ella misma; de boca pulposa que al hablar se le caía la baba mostrando una dentadura defectuosa; su aspecto desprolijo se acentuaba más en su vestimenta sucia con la infaltable falda corta mostrando unas piernas deformes que sostenían un cuerpo casi encorvado; una blusa vieja a la que usaba casi desabrochada para mostrar sus voluptuosos senos. Sofía caminaba segura y convencida que era una perfecta prostituta autodidacta.
Por las noches en la desolada calle principal, Sofía la recorría en un gran tramo marcándolo como su territorio, con sus tacones viejos y su cartera desteñida que en ella guardaba celosamente lo recaudado, para dar de comer a su madre y hermano con el cual tuvo un hijo y también debía alimentar. Sofía caminaba y caminaba… cuando un cliente se le acercaba, comenzaba a actuar un torpe coqueteo sensual que lejos estaba de serlo, ya junto a ella… se sacaba un tacón inclinándose un poco tocando su pie, apoyaba una mano en la pared negociando su servicio. Quienes alquilaban por un rato su cuerpo se escondían con Sofía en recovecos oscuros de los laterales hasta saciarse… y luego ella continuaba caminando.
Una tarde por la calle comercial me crucé con Sofía, la miré con ternura y me devolvió una mirada celeste que me dijo: “es lo único que sé hacer” y mi familia tiene hambre.
Pasados unos años se decía en el barrio que Sofía padecía sífilis y otras enfermedades venéreas; en su precaria y sucia casa sólo había quedado el hijo de Sofía, de aspecto descuidado, y sobreviviendo gracias a la ayuda de los vecinos; ya nadie la recuerda en la calle principal del centro comercial iluminado por las noches y sin recovecos oscuros.
La calle principal tiene grabada las huellas invisibles de dos populares  mujeres que los nuevos y actuales habitantes no conocieron pero los viejos que quedan, las recuerdan como parte de su historia en un rincón de su corazón junto al nacimiento del pueblo… la llegada del último tren que alimentaba a la familia de Sofía y las tardes soleadas que Teresita caminaba hablando sola.



Elsa Gillari
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